La adicción a la comida, una enfermedad mental que se agudiza en México

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A las cuatro de la madrugada los pulmones de Ángel colapsaron. El fallo respiratorio que causó su muerte fue el epílogo de la obesidad mórbida que padecía: 219 kilos, más del doble de peso recomendado para un hombre de 55 años y 1.75 metros de estatura. Falleció mientras dormía. “Él era una adicto al alcohol, cuando dejó el alcohol se encerró en su casa a comer, a comer, ya nada lo paró”, relata Laura sobre el deceso de su hermano, en octubre de 2011.

Siete años después de su muerte, la voz de esta mujer que prefiere no dar su nombre completo, aún refleja impotencia y un tono de reproche. “Desgraciadamente no lo pudimos ayudar. No sabíamos que era una enfermedad lo que tenía”, indica esta mujer residente del Estado mexicano de Chihuahua en México. Ella fue testigo de que la calidad de su hermano se fue apagando a causa de la obesidad: dejó de trabajar, de salir de su casa, de dormir. Su familia, ante la desesperación de verlo subir de peso solo atinaban a regañarle. Los cuantiosos reclamos no frenaban el deseo de Ángel por la comida. 

Ellos desconocían que detrás del sobrepeso de Ángel subyacía un padecimiento psiquiátrico identificado como trastorno por atracón. Una enfermedad que se caracteriza por la pérdida de control sobre las cantidades de alimentos ingeridos y por la voracidad con la que se come. Alejandro Caballero Romo, coordinador de la clínica de la conducta alimentaria del Instituto Nacional de Psiquiatría, explica que en la mayoría de los casos la comida es una proyección de otros trastornos como la depresión o ansiedad. “Los pacientes con estas características emocionales tienden a mitigar el dolor emocional a través de un exceso en la alimentación”, indica.

La comida no genera una adicción como sucede con otras sustancias como el alcohol y el cigarro, abunda el especialista, sin embargo, sí puede generar un fuerte vínculo neurobiológico disparando las sensaciones de alivio y satisfacción. De cada 100 casos que atiende esta clínica especializada localizada en la capital del país, un 18% corresponde a trastornos por atracón, el resto corresponde a otras enfermedades como la bulimia y anorexia. “Los pacientes no identifican esto como un problema, lo que identifican como un problema cuando aumentan de peso. Se conoce que un 30% de los pacientes que buscan tratamientos para la obesidad pueden reunir criterios para trastorno por atracón”, refiere Caballero Romo.

Los cálculos de la facultad de Psicología de la UNAM, apuntan a que entre 16% y 51% de los pacientes con sobrepeso y obesidad que acuden a consulta presentan trastorno por atracón. Cecilia Silva, académica de este centro universitario ha señalado que junto a las tasas de obesidad se podría pensar que la prevalencia del comer compulsivo va en aumento. En México, en 2012 la prevalencia de sobrepeso y obesidad en adultos de 20 años o más fue de 71%, y en 2016 se incrementó a 72%. 

Estas descripciones médicas tienen un rostro y una voz en historias de Laura y Ángel. Con una infancia marcada por la violencia y la soledad, los momentos de mayor afecto estaban vinculados a la cocina. “Para mí, una caricia de mi madre era saber que me estaba haciendo un panecito. La comida era amor para mí”, reconoce esta mujer de 53 años, quien también padeció un sobrepeso mórbido. En el punto más álgido de la enfermedad alcanzó 130 kilos de peso. La muerte de su hermano fue el parteaguas para buscar ayuda. Un grito de auxilio que encontró respuesta en el programa de Comedores Compulsivos Anónimos, organización civil que retoma el plan de recuperación de los grupos de Alcohólicos Anónimos para superar la compulsión a la comida.

Como Laura, Guadalupe Arvayo, de 30 años, ha lidiado la mitad de su vida con su placer desmedido por los alimentos, en específico, por los dulces y harinas. “A mí me pasaba algo en la vida y yo quería comer, si me regañaban yo me iba a comer, sacaba malas o buenas calificaciones y comía”, describe esta mujer de Hermosillo, en el Estado mexicano de Sonora. A sus 25 años pesaba 148 kilos. Con este peso, su única alternativa era viajar a Estados Unidos para comprar ropa de tallas extragrandes. Con el tiempo, la vestimenta fue el menor de sus problemas, después fue agotador atender a sus alumnos de preescolar y luego fue imposible subir los 22 escalones de su casa sin sentirse extenuada. “Estaba consciente de que me iba a morir supergorda en un cajón que me iban a mandar a hacer porque yo no iba a caber en unos cajones normales”, recuerda Arvayo sobre su enfermedad.

El deleite por la comida se había tornado en un cóctel de tristeza, culpa y frustración para ella. Un laberinto sin salida que solo la llevaba a comer más. La desesperación la llevó a considerar el someterse a una operación para reducir el tamaño de su estómago. A meses de entrar al quirófano, Arvayo asistió a una sesión de Comedores Compulsivos Anónimos. Las reuniones le hicieron entender que su problema no eran los kilos, ni las dietas, sino una enfermedad psiquiátrica. A diferencia de otras historias con desenlaces fatales, Arvayo ha podido superar su compulsión: en seis años ha logrado bajar 85 kilos. Laura y Guadalupe son conscientes de que su batalla permanente para controlar su manera de comer está lejos de terminar. Un largo camino que ha comenzado con un solo paso y con la frase: “solo por hoy

Fuente: El País

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