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Un trasplante prometedor PDF Imprimir E-mail

El páncreas tiene varias funciones y una de ellas es la producción de insulina. La diabetes tipo 1 es un padecimiento en el que se presenta una deficiencia en la producción de insulina y, para que el organismo funcione, los pacientes necesitan recibirla de por vida, principalmente mediante inyecciones.

 

 Sin embargo, suministrar insulina no cura la diabetes ni evita la posibilidad de sus devastadores efectos: deficiencia renal, ceguera, daño neuronal, amputaciones o daños al corazón, complicaciones que empobrecen las expectativas de vida a largo plazo."El final de la diabetes es penoso", refiere el doctor José Trejo Bellido, responsable del Programa de Trasplantes del Hospital General Regional del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), en León, Guanajuato. "En las personas con diabetes tipo 1 estas consecuencias aparecen muy temprano", añade, y aunque los pacientes dependen de la insulina para estar bien, muchas veces al final ésta no es suficiente porque pueden controlar la diabetes, pero no sus complicaciones. Por ello, se buscan fármacos o tratamientos que detengan la mortal enfermedad. Anteriormente se había pensado en el trasplante de páncreas como una opción; empero, hasta ahora su porcentaje de éxito ha sido muy reducido.

No obstante, en 1999 científicos canadienses efectuaron los primeros trasplantes de islotes de Langerhans, "comprobando que ya pueden funcionar como un tratamiento no experimental y con resultados tan buenos que dieron origen a un proyecto multinacional, cuya sede se encuentra en la ciudad de Edmonton, Canadá", explica el doctor Trejo Bellido.

Señala que una de las razones para trasplantar los islotes, que son órganos ubicados dentro del páncreas y que contienen a las células beta productoras de insulina, es curar. La idea es sustituir las células beta dañadas en el organismo del paciente por nuevas, capaces de producir la insulina suficiente para un funcionamiento normal. Este procedimiento se llama Protocolo de Edmonton y consiste en tomar de un páncreas de donante cadavérico aproximadamente unos 300 mil islotes, que "es la masa crítica para trasplantar". El páncreas se preserva de la misma forma que cualquier órgano de trasplante para mantener vivos los tejidos, y luego viene un proceso de varias horas en el laboratorio durante el cual se le inyecta una sustancia que diluye el tejido fibroso conectivo, con el propósito de liberar todas sus células y que éstas se separen.

Más tarde, continúa el trasplantólogo, mediante varios mecanismos, incluyendo la decantación, se separan los islotes de manera que al final del proceso queda un volumen aproximado de 10 centímetros cúbicos, y allí deben estar los 300 mil islotes, cuya cantidad se calcula con una técnica muy parecida a la biometría hemática. "Todo este complejo proceso, que lleva más de un día, requiere de una infraestructura especial, así como de personal capacitado en diferentes áreas; es decir, se procura igual que si se fuera a trasplantar el páncreas". Hasta ahora, uno de los problemas por resolver es que la cantidad de islotes extraídos generalmente no es suficiente, pues se requiere en promedio de dos páncreas para un paciente.

Para su trasplante, existen dos técnicas. En la primera, los islotes se transfunden por la vena porta del hígado. El doctor Trejo Bedillo indica que el hígado es un órgano que tiene doble circulación. "Le llega sangre arterial, pero también sangre venosa, y el hígado necesita de ambas para nutrirse y vivir. Así, la circulación de la vena porta se filtra en el hígado antes de regresar al corazón por la vena cava. Cuando pasan por allí, los islotes se embolizan, depositándose en ese sitio rico en sangre, y se implantan quedándose en el hígado. "Todavía no se sabe con exactitud qué cantidad es la que sobrevive; existen dudas sobre cuántos de esos islotes están vivos y cuántos se implantan realmente, pero lo que sí se sabe es que si se inyectan 300 mil, se tienen muchas probabilidades de éxito". Esto significa que el paciente ya no requerirá de insulina externa. "Esa es la prueba clínica, pero la contraprueba es que al medirse directamente en sangre, se detectan niveles normales de insulina, evidencia de que el paciente está produciendo nueva insulina gracias al tratamiento".

Ya que la transfusión de islotes representa introducir un cuerpo extraño al organismo, el paciente debe recibir inmunosupresores. El doctor Trejo Bellido indica que en el Protocolo de Edmonton retiraron inmunosupresores como la ciclosporina, debido a su efecto diabetogénico, puesto que su mecanismo de acción aumenta per se la resistencia a la insulina y provoca que "un porcentaje nada despreciable" de pacientes en tratamiento desarrollen diabetes, o la exacerben si ya la tenían. De igual forma, retiraron los esteroides, porque son todavía más diabetogénicos. Por ello, el esquema elegido es la combinación de sirolimus y miconfenolato, porque ninguno de estos fármacos induce diabetes.

Es un tratamiento novedoso y, sin embargo, en Canadá ya se tienen resultados excelentes. "Nunca se había conseguido tener más de 80 por ciento de los pacientes libres de insulina durante un año. Y representa un riesgo mínimo: es una inyección, y lo peor que puede suceder es que el paciente regrese al estado anterior". Hasta ahora existen tres grupos de especialistas que trabajan de manera consensuada con el mismo protocolo: el canadiense, uno más en Minnesota y otro en Miami.

Otros investigadores intentan implantar los islotes en una cápsula que impida el rechazo del sistema inmunológico del receptor. De funcionar, este sistema no requeriría de inmunosupresión. Empero, su éxito es hasta ahora muy reducido, de entre 10 y 20 por ciento, y su costo muy alto, por lo que no ha tenido igual extensión en la práctica.

 


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